La palabra histeria deriva del griego hyaterá, que significa matriz, ya que los antiguos asociaron esta enfermedad con el útero de la mujer y, por tanto, con el sexo femenino, descuidándose la observación de fenómenos histéricos en el hombre, que también existen.
Los síntomas histéricos son un intento de defensa en una situación que no se sabe cómo resolver. Suelen aparecer síntomas asociados de cualquier tipo, pero son exagerados y pintorescos.
Hasta hace poco tiempo pensaba que la histeria era exclusivamente femenina. La había visto en mi misma; lo confieso. La había reconocido en alguna que otra amiga víctima de un desamor y hasta en los incontrolables gritos de mi madre los sábados por la mañana cuando tocaba limpiar la casa… sí, esa gran compañera de nuestra adolescencia, esa parte de nosotras que odiamos y con la que batallamos hasta los 25 y que, por suerte, logramos controlar; porque la conocemos y sabemos cuando aflora. Pero ciertos acontecimientos ratificaron algo que venía vislumbrando en los últimos años: los hombres también son histéricos.
Mi amigo Augusto, psicólogo de profesión y de vocación lo confirmó sin dudarlo un ápice:
- “claro que los hombres son histéricos, ¿No lo sabías?”.
- “Si…” respondí dudando un poco y mirando para un costado… “En realidad me lo imaginaba pero últimamente lo confirmé”.
- “Pues sí. Pueden ser tan histéricos como una mujer”, aseguró como si fuera lo más normal de mundo… y, mientras veíamos pasar estaciones de tren me contó el cómo de la cuestión.
Ahora puedo confirmarlo objetivamente: los hombres son histéricos! Pero es que esta histeria puede llegar a ser más peligrosa que la femenina porque no se reconoce a simple vista, ni se identifica a si misma, sobre todo porque puede descansar oculta tras la tantas veces escuchada frase: “estoy pasando por un momento en mi vida en el que quiero estar sólo… ”. En última instancia, si te dicen esto, piensas… ok, no tiene porqué pasar algo entre nosotros sólo porque somos hombre y mujer, ¿no? Además, todo el mundo pasa por esos momentos y ni siquiera sabemos si hay feeling entre nosotros, es más, es la primera vez que nos vemos y, ¿quién dice que no podemos ser amigos? Al fin y al cabo, tengo muchos amigos hombres… autorreflexión ante la fatídica frase que viene a cuento de nada y que va seguida de inexplicables envíos de señales que simulan una inicial conquista.
Pero cuidado porque esta frase que a simple vista resulta directa, concisa y clara, puede esconder una faceta histérica. La del típico quiero pero no puedo, o más bien, quiero pero no se si quiero, o el todavía peor, no se si quiero pero tampoco quiero decir que no quiero (por las dudas…).
-Martín (36 años) y comenzó a chatear con Fabiana por el Twitter. Se habían conocido en el trabajo pero no tenían mucha relación. Fabiana se fue de viaje de trabajo y por las tardes, el aburrimiento de las horas muertas hizo que los mensajes de uno y otro lado fueran cada vez más seguidos, hasta que un día Martín traspasó la línea e invitó a Fabiana a tomar un café. El café era más bien una suerte de encuentro casero sin demasiada importancia. Fabiana, llena de actividades tuvo que cancelar la “cita” pero propuso encontrarse en otro momento cuando los dos pudieran ajustar sus agendas. Una semana más tarde Martín la llama y van al teatro. Él llega sobre la hora, con mala cara y casi ni le dirige la palabra. Termina la obra, van a cenar y en un momento Martín dice: “estoy cansado del sexo, sólo quiero a alguien para salir alguna que otra noche, pero sin nada más… lo aclaro para que no haya malos entendidos y luego no te hagas ilusiones”, sentenció. A la pobre Fabiana se le atragantó la lechuga de la ensalada.
Cuando Fabiana me lo contaba pensé en ese momento surrealista, en ese momento en el que la pobre Fabiana se sintió como una come hombres… como si tuviera tatuado en la frente un anuncio que dice “necesito sexo ya y me da lo mismo que seas tú o el de la barra del restaurante”…
- “Sólo habíamos ido al teatro. Era la primera vez que nos veíamos y estábamos hablando de trabajo… ¿entendés?”, me explicaba mientras intentábamos comprender la razón de la innecesaria aclaración.
Pero estaba claro que el espectáculo se había trasladado a la mesa…
Una vez aclarada la cuestión, la cena continuó enmarcada en una conversación más o menos normal hasta que “anti sexo” pseudo galán la llevó a su casa en moto. En un semáforo y ante una impulsiva frenada que provocó que Fabiana tuviera que agarrase al conductor de forma sorpresiva, él le dice entre risas: “mira lo que tengo que hacer para que me metas mano…”
Yo que sólo estaba reviviendo ese relato desde la escucha activa enseguida pensé en que el susodicho era la encarnación misma de la histeria masculina, el caso de manual que me había explicado Augusto. Pero además pensé en la idiotez humana y en una frase que una amiga le dijo una vez a un tipo en la primera cita: “flaco, te crees mil”.
41.387917
2.169919